Uno de ellos es el Colegio Europeo de Madrid (Las Rozas), donde a las 13.15 horas el agradable olor a comida casera hecha con mimo por las cocineras Antonia, Graci y Mamen llega hasta el patio del centro escolar. Por sus manos han pasado, desde las 8:00 de la mañana, cerca de 150 kilos de patatas, otros 100 litros de aceite, 420 muslitos de pollo, 24 kilos de arroz, 75 barras de pan… Los alumnos de este centro han aceptado los cambios de muy buena gana.
«Ha sido muy fácil. Los menores nos han sorprendido para bien», asegura Ana Galarza, responsable del comedor, quien incide en que la respuesta a los alimentos integrales (pasta, arroz, pan) ha sido muy positiva en las dos etapas educativas, tanto de los más pequeños como de los adolescentes, pero que la eliminación de los azúcares, por ejemplo, está costando un poco más. «Los niños más pequeños no ponen ninguna pega al yogur natural, porque se ha hecho un gran trabajo en las escuelas de Infantil, pero los de Primaria son un poco más reticentes», admite Galarza.
Con los mayores, reconoce Leticia González, la nutricionista del grupo Ayre, la empresa encargada de la restauración de este centro escolar, «hay que ir poco a poco, porque lo cierto es que el paladar debe venir educado de casa. Esto deja patente, una vez más, la necesaria colaboración de las familias. De nada sirve que en el colegio les ofrezcamos comida sana y al llegar a casa los padres sean más permisivos».
Hábitos desde la cuna
Los progenitores, enfatiza González, «son imprescindibles en la tarea de lograr una alimentación sana. Hay algunos que están muy involucrados en la alimentación, a veces hasta en exceso, que no quieren ni que se añada sal en el agua de cocción, y otras que quieren que su hijo coma y punto. Se ha de encontrar un equilibrio y que se contextualice con la vida familiar. Pero si las familias no reman en la misma dirección y acompañan estos cambios también en casa, no lograremos nada. Lo que está claro es que es un trabajo conjunto, colegio y familia».
De la misma opinión es Mara Beltramino, coordinadora de operaciones de Hastings School (Madrid), que corrobora que los colegios «no son los únicos responsables y es esencial que las buenas prácticas estén presentes en el hogar». Aunque también es verdad que las escuelas, sugiere Beltramino, «tienen aquí una excelente oportunidad de extender esa pedagogía a las familias, ofreciéndoles información práctica para que puedan complementar la alimentación que se les da en el colegio de manera saludable y equilibrada».
Familias implicadas
Para lograrlo, prosigue la coordinadora de operaciones de Hastings School (Madrid), «es muy importante que los menús que se envían a las familias tengan la suficiente información en cuanto a los ingredientes o la preparación de los platos. Los detalles nutricionales de cada alimento deben servir posteriormente para organizar la alimentación en casa. Los colegios no son los únicos responsables y es esencial que las buenas prácticas estén presentes en el hogar por la noche», insiste.
En el Colegio Europeo de Madrid, explica la nutricionista del grupo Ayre, «siempre indicamos las cenas en el reverso del menú. Y en esta ingesta estamos apostando mucho por las proteínas de origen vegetal, como tofu, soja texturizada, seitán... Es cierto que esta propuesta tiene detractores, pero también muchos seguidores».
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Familias como Ana y Juan, con tres hijos de edades comprendidas entre los 6 y los 10 años en el CEM, se han tomado el proceso de cambio muy en serio, y elaboran sus cenas acorde a lo que los menores han comido en el colegio. De hecho, recalcan, «a los niños les ha encantado la pasta integral y su reacción, tan positiva, nos ha animado a adoptar estos hábitos también en casa, probando a cocinar, por ejemplo, macarrones de lentejas. También hemos empezado a hacer una compra que intentamos que sea, en la medida de lo posible, ecológica y lo más saludable posible».