Eslava respalda sus palabras con un dedo que señala, avezado, una fotografía fechada en 2009: la de uno de sus viajes a la ciudad de Cartago, némesis de la República a lo largo de tres guerras púnicas. «Para este libro he procurado rescatar instantáneas de mis aventuras en busca de lugares romanos», afirma sonriente. En parte, confiesa, es una forma de que el lector advierta que su interés por legiones y emperadores no fue fruto de un chispazo eventual provocado por Russell Crowe. Le creemos, porque es imposible que haya alumbrado en 'Historia de Roma contada para escépticos' (Planeta) en una noche de estajanovismo periodístico.
Decadencia política
Sigue la saga 'para escépticos' con su décima entrega, y lo hace como siempre: con un cóctel en el que los ingredientes son la historia ficcionada y el característico tono divulgativo de Eslava. El escritor adora esta era y también incide en que es un período que prevalece en nuestros días. «Nos interesa porque somos sus herederos y porque existe un paralelismo histórico claro. Occidente vive una época de decadencia similar a la que provocó la caída de Roma, y las causas son parecidas», añade.
Nos ha puesto el anzuelo Eslava, y para no morderlo. Le pedimos que nos desvele las causas de la debacle, y casi se relame antes de responder: «En la decadencia de Roma hubo, por parte de los ciudadanos, un olvido de las virtudes que les habían hecho grandes. Hoy nos pasa lo mismo: hemos abandonado nuestros principios y nos hemos entregado a la molicie, a ciertos vicios y a la buena vida». De su boca salen conceptos como corrupción, «marrullerías» en las altas esferas, «golpes bajos» entre diputados... ¿Qué cree que opinaría un político romano si viera a sus colegas actuales?, preguntamos. «No se escandalizaría porque ellos eran iguales o peores», sostiene. Triste consuelo.
Reflexivo, Eslava admite que su objetivo no ha sido solo concentrar el millar de años de vida de Roma en una obra ágil. También ha buscado destruir la imagen idealizada que tenemos de este período. Esa que solo nos habla de banquetes y juegos gladiatorios. «La república primero, y el imperio después, se mantuvieron vivos mientras se extendían a nivel militar. Así tenían una afluencia de esclavos constante. Además, podían saquear los territorios que conquistaban», explica. Y eso, por no hablar del expolio de las provincias limítrofes. «Los metales preciosos jugaron un papel clave. En ellos se basaba su economía, como sucede con el petróleo actual. Por eso las minas hispanas de León o de Cástulo eran importantes», sostiene.
Historia de Roma contada para escépticos
- Editorial Planeta
La pérdida de esas minas fue otra de las causas que provocaron la caída de la parte occidental del Imperio. Y lo mismo pasó con la llegada de un cristianismo que abogaba por la igualdad social, la «dulcificación de las relaciones con el prójimo» y la eliminación de la esclavitud. «Hay historiadores que creen que esta religión debilitó a Roma, y en parte fue así, pero la cuestión es más compleja. Fue uno de los elementos que hicieron que se abandonase esa idea de imperio rígido rector de pueblos para transformarse en otra cosa», dice.
Y mucha luz
La última pata de la debacle se la atribuye Eslava a la decadencia del brazo armado de Roma. «Su grandeza estuvo ligada al desarrollo de unas estrategias que lograron que las legiones fueran muy superiores a sus enemigos. Eso, combinado con una red de vías que hacían muy fáciles los desplazamientos, fue garantía de éxito. Sin embargo, durante la última etapa faltaba material humano y hubo que admitir contingentes de tropas extranjeras como mercenarios», sostiene. Esa «barbarización del ejército», el enésimo cambio de paradigma de la Ciudad Eterna, coincidió con la caída definitiva del Imperio occidental. ¿Casualidad?
Pero no todo fue oscuridad al otro lado del Mediterráneo. Eslava es partidario de que Roma fue una superpotencia que dejó poso. Y de esas han existido pocas a lo largo de la historia. «Hay distintos tipos de imperialismo. Están los que conquistan tierras, pero las incorporan a su cultura y le dejan un legado que perdura. Es el caso de Roma y del Imperio español, que fundaron ciudades, universidades y hospitales, y le dieron gran importancia a la ciudadanía. Otros como el francés o el inglés fueron solo explotadores», completa. Que hoy perviva en nuestra sociedad la cultura o la misma idiosincrasia de aquella sociedad lo dice todo.
«Lo mejor que hemos heredado de ellos es el idioma y la ley», añade Eslava. Aunque admite que «somos como ellos» en otras tantas facetas de la vida. Muchas, relacionadas con la alcoba. «Los romanos también le daban gran importancia al sexo. Pero nosotros le sacamos más gusto porque lo consideramos pecado, y ellos no», bromea. Nos surge entonces una última duda... y no, no es de carácter íntimo: ¿Cómo es posible que Roma nos encandile y, por el contrario, ciertas corrientes rechacen al Imperio español? «La admiramos porque no hay romanos a los que echar en cara lo que hicieron. Además, ellos no tuvieron Leyenda Negra, y nosotros sí. Lo malo es que fuimos tan bobos que la aceptamos y la promocionamos», finaliza.