Convento de Santa Fe y Museo de Santa Cruz: Mr. Marshall y sus pelotas

Que a una ciudad llegue una colección de arte privada siempre sería una buena noticia, de no ser por el precio a pagar, esta vez en forma de arrinconamiento (otra vez) de los fondos museográficos propios. Hagamos un breve resumen.

El edificio del convento de Santa Fe fue adquirido hacia 1979 por el Ministerio de Cultura. El 12 de noviembre de 1998 (BOE publicado el 9/2/1999): el Ministerio adjudica la «redacción y dirección de obras de restauración del ex-convento de Santa Fe… como ampliación del Museo de Santa Cruz y adecuación de ambos inmuebles» al por 22.620.000 ptas.

En 1999: el Ministerio aprueba el proyecto de restauración como ampliación del Museo de Santa Cruz (arranque formal del plan de obra).

En 2000–2003: se ejecuta la restauración principal. Las excavaciones arqueológicas concluyen en julio de 2003.

El 6 de agosto de 2003 (BOE 12/11/2003): se adjudican «obras complementarias a las de restauración del ex-Convento de Santa Fe «como ampliación del Museo de Santa Cruz de Toledo» por 899.376,57 euros.

Los Presupuestos Generales del Estado del 2002 mencionan expresamente el ex-convento de Santa Fe para la ampliación del Museo de Santa Cruz dentro del programa de inversiones en museos estatales (confirma financiación plurianual).

En 2006–2007: se documentan actuaciones adicionales (consolidación/puesta en valor) y contratos de restauración de estructuras y pinturas en Santa Fe (p. ej., 196.236 € adjudicados en 2007).

Es decir, que el Ministerio de Cultura, propietario del Santa Fe, confirmó, como poco desde 1998, la necesidad de ampliar el Museo de Santa Cruz en el ex convento de Santa Fe.

Como aquí no faltan absurdos, en 2018 la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha decidió que eso de satisfacer las necesidades constatadas de un museo propio no era «moderno» y prácticamente se regaló el uso de Santa Fe a un tal Roberto Polo por un plazo de 15 años, con aplauso de todos los pelotas de la cultura local. Nos iba a poner en la «órbita de la modernidad» porque Toledo estaba anclado en el pasado. Nos aseguraban que iba a atraer sólo unos pocos menos visitantes que el Reina Sofía.

Los ignaros autorizantes y los pelotas culturales, que con nula capacidad y conocimientos alababan la calidad de esa colección, de la misma forma que los súbditos del rey desnudo lo hacían con su inexistente traje, aseguraban además que Polo era tan bueno y bondadoso que, cuando el convenio finalizara, dejaría gran parte de su obra en la ciudad. Pero sólo han pasado seis años y no se ha cumplido nada de eso.

Ahora que Polo se va parecía el momento de dar el destino original al Santa Fe, aquel para el que fue adquirido, restaurado y remodelado con fondos públicos. Las instituciones culturales locales (las locales, que no las exteriores de colonización para divertimento de millonarios foráneos) apoyaban, esta vez sí y de forma expresa, que ese edificio se destinara al fin al que jurídicamente está vinculado.

Pero llegó otro Mr. Marshall y con él más pelotas culturales. O más bien los mismos, pero sentados en diferentes sillas. Y los dirigentes ignaros la han vuelto a liar porque ya se ha anunciado el destino del ex convento. Cierto es que, ante la unánime oposición de la ciudad (pelotas aparte), no se han atrevido a nombrar a la nueva colección por su nombre.

La ley debería vincular a todos, no sólo a los súbditos. El artículo 42 de la Ley de Patrimonio Histórico obliga a quien encuentre en sus terrenos objetos arqueológicos entregarlos al museo de referencia más próximo al hallazgo, y en Toledo ese museo es el Santa Cruz. Pero de igual forma el artículo 59 define los museos como:

las instituciones de carácter permanente que adquieren, conservan, investigan, comunican y exhiben para fines de estudio, educación y contemplación conjuntos y colecciones de valor histórico, artístico, científico y técnico o de cualquier otra naturaleza cultural. (Negrita mía).

Y aquí no se exhibe nada; se manda al sótano, se incumple la Ley.

Es de conocimiento público que los pelotas culturales locales dicen que esos fondos son «pobres» y que no merecen la pena frente a la riqueza de la colección del Mr. Marshall de turno (ayer Polo, hoy otro y pasado el que llegue y les coloque; porque, curiosamente, acaban colocados). Y lo dicen sin exhibir un mínimo catálogo de esa «pobreza» que se contradice con el último de los catálogos que se publicó de dicho museo ¡en 1987! Y forzosamente ha tenido que crecer a la vista de todas las excavaciones arqueológicas provinciales de los últimos treinta años. Y lo dicen prácticamente los mismos que se llenaron la boca alabando y aplaudiendo la llegada de la Colección Polo que hoy sin sonrojo califican de estrepitoso fracaso cultural. Por sus hechos los conoceréis y esa es su acreditación de conocimientos, capacidad y coherencia.

En cualquier caso, además de justificar ese «escaso valor» de los fondos arqueológicos provinciales, deberían clarificar si lo que dicen es que la riqueza cultural local tiene que ceder y arrinconarse; si afirman que Toledo debe verse avocado al cierre permanente de sus fondos arqueológicos; que no tienen por qué contemplarse y que los artículos 42 y 59 de la Ley de Patrimonio Histórico ceden ante el deseo de Mr. Marshall, el aplauso de los pelotas y la decisión de los ignaros. Yo, en cualquier caso, ahondaría en la posible comisión de alguno de los delitos tipificados en los artículos 432 bis y siguientes del Código Penal, ya que ante lo que estamos es un uso indebido de un inmueble público. Hoy parece una tontería, pero resulta que así se considera incluso el usar para fines privados a una secretaria pública; que no puede decirse de un inmueble valorado en millones de euros …

En resumen, que Toledo no tiene museo arqueológico (realmente no lo hay en toda Castilla la Mancha, porque a los responsable de Cultura poco les interesa ésta, al menos la propia) porque sus fondos «no tienen el suficiente valor». Es lo que ha dicho entre líneas el gobierno Castilla la Mancha. Átame esa mosca por el rabo. Quizás debiera ser recordado por ese mensaje político, que merecería serlo epitafio (también político, claro) de quien tiene su capital en una de las ciudades con un pasado cultural más rico de España.